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sábado, 14 de febrero de 2015

Afrodita esta mañana, historia de una bailarina

Era un día más para Afrodita, la dueña de una academia de baile. Sus deliciosos y delicados movimientos le hacían honor a su nombre, realmente era una diosa, la diosa de la danza. Su disciplina y constancia la hacían mejor cada día.

Esta mañana lucía su traje negro de licra, completamente pegado al cuerpo, y una falda color lila que complementaba con sus accesorios: moñera, calentadoras y medias, yo como su alumno fiel, siempre llegaba temprano, verla prepararse era un deleite.

Se puso frente a la barra e inició su respectivo calentamiento para comenzar la clase. Su cabello negro azabache era recogido con varias vueltas y era ocultado por su moña, lo que dejaba ver la finura de su cuello largo, dignos de una figura estilizada y firme; la elegancia de su presencia era suficiente para que esta diosa del baile no pasase inadvertida ante la mirada de hombres y mujeres.

Lo ajustado de su maya dejaba ver unos exuberantes pechos que a la vista parecían suelos suaves y arcillosos ávidos de ser amasados. “Las curvas de sus caderas, le deben dar un porte magnífico para cuando baile Danza Árabe”, pensé, me saboreaba la boca nada más de imaginarlo. Y ni hablar de sus ojos, negros y oscuros como la noche, penetrantes como el café de aquella mañana y profundos como el universo, era perfecta.

Al iniciar su clase, no podía evitar quedarme ahí, detenido en el tiempo, mis ojos y mi cuerpo quedaban estáticos, verla levantar los brazos de una segunda posición con tanto estilo, para girar primero la cabeza y luego el cuerpo, emanaba pasión, en un simple movimiento, era una intérprete de la danza, todos los movimientos, desde los más estilizados de la Danza Nacionalista, hasta los más urbanos del Hip-Hop, así como los tradicionales del Joropo Recio le sentaban muy bien, para mí era inevitable no ser regañado más de una vez en la clase mientras me quedaba embobado viéndola bailar.

Su energía era impresionante aquella mañana de ensayo general, los Diablos de Yare, su carácter, sus movimientos ágiles, el rojo del traje también le quedaba bien, resaltaba el blanco, puro y virginal color de su piel que era suave como la porcelana, era mi muñeca, mi muñeca danzarina.

Al verla bailar flamenco, enloquecí más de lo normal, durante aquel pequeño descanso ella se mantuvo activa, yo me senté a un lado para verle, junto a los demás, se puso sus zapatos de puntilla y su falda de lunares, con una flor que adornaba su negra cabellera, empezó a bailar los Tangos de Málaga, la emotividad que despertó en todos los presentes, la pasión, la energía, el “duende” que nos transmitió a todos los alumnos, hizo que nos levantáramos de donde estábamos para acompañarle en jaleos, palmas y uno que otro zapateo.

Me imaginé bailando junto a ella, haciéndole lances o pases cual torero al toro, nutriéndome de su energía y yo dándole mi alegría. Un regaño al aire se hizo presente, otra vez me había quedado paralizado viéndola bailar, pero ¿cómo? era inevitable no ver a mi Afrodita esta mañana.

viernes, 13 de febrero de 2015

Mitología Griega: Elektra

Aquí estoy yo, saciando al fin la venganza a mi padre, en manos de mi hermano. Bien muertos estaban la que fue mi madre Clitemnestra. Esa descarada infiel. ¡Cómo la desprecio!, la muerte no es suficiente para seguirla odiando. Y Su amante Egisto, ese cobarde prepotente con hambre de poder.

Soy Electra, la hija del rey Agamenón de Micenas, el mejor de todos los tiempos. Mi padre fue un hombre admirable. Siempre buscaba el bien del pueblo sin anteponer sus intereses, era un gran hombre, lo quería y lo admiraba mucho. Lo sigo haciendo. Deseé haberme casado con un hombre así de decidido y buena persona como él.

Pero no fue así. Mi matrimonio fue planeado. Ese campesino inmundo que nunca pudo darme lo que una princesa de mi altura merecía. Jamás le di mi cuerpo ni mi alma, me causaba repulsión su presencia y soporté muchos años. Desgraciado él y todos los que me hicieron este daño. Mi madre me casó con ese campesino para que mi linaje no vengara la muerte de mi padre, pero a pesar de esto, las cosas no se quedarían así.

Hubiese deseado matar por mis propias manos a Clitemnestra. Nada me hubiera causado más placer que escucharla implorar perdón. Y Luego la degollaría. El olor a sangre sería el anuncio de mi victoria y su cabeza mi trofeo.

Demoré mucho en convencer a mi hermano Orestes para que la matara. Es que era lo justo. Ella había matado a mi padre cuando regresaba victorioso de Troya. Pues su viaje demoró diez años para recuperar a la estúpida de Helena, ¿qué se creía?. Tampoco era para tanto, estos hombres, Dios, ¿quién los entiende?


Mi papá regresaba, inocentemente de su viaje con una amiga, Casandra se llamaba, era una vidente y dos niños, al parecer eran hijos de ellos. Esa mujer a la que con asco llamo madre, se acostó con Egisto. Me desmoralicé cuando supe sus planes, pero me llevaron fuera del reino, sin saber lo que ocurría. Planearon su muerte, y con la sangre bien fría, luego de que mi papá salía de bañarse y con un pie en el agua y otro el piso, llegó Clitemnestra y le puso una toalla encima, al momento llegó Egisto y le clavó dos puñaladas en la espalda. ¡Desgraciados cómo los odio!, no me gusta pensar en esto, porque me lleno de ira.

Con la sangre de mi padre, el Rey de Micenas en sus manos, salieron a informarles a todos que habían tomado el trono. Los guardias de mi padre peleaban con los de Egisto, pero fue en vano, ellos habían tomado el poder. Dios demora pero no olvida. Pasaron seis años para poder cumplir con mi venganza. Y aquí estoy yo, enjuiciada junto a mi hermano por un crimen del que no nos arrepentimos.